Por Ángela María Gómez en Martes, 21 Julio 2026
Categoría: Nuestras Voces

La inteligencia artificial no será el mayor riesgo para el trabajo. Lo será el agotamiento humano

Cuando Mar Cabra subió al escenario para recibir el Premio Pulitzer, el mundo veía a una periodista que había alcanzado uno de los mayores logros posibles dentro de su profesión. La investigación de los Panama Papers acababa de demostrar cómo una colaboración internacional podía revelar el funcionamiento de los paraísos fiscales y sacudir gobiernos, empresas y sistemas financieros alrededor del mundo.

La fotografía de aquel día mostraba sonrisas, celebración y éxito.

Foto, Fuente Ibercaja https://www.youtube.com/watch?v=et-dv-B8VzA

Pero las fotografías rara vez cuentan toda la historia.

Mientras recibía uno de los mayores reconocimientos del periodismo, Mar Cabra llevaba tiempo perdiendo algo mucho más difícil de recuperar: su propia energía. Le costaba concentrarse frente al computador. Las tareas que antes resolvía con facilidad podían tomarle horas. La creatividad, esa herramienta indispensable para cualquier periodista, parecía haberse evaporado. Su cuerpo también comenzaba a enviar señales que entonces no supo interpretar. Durante años creyó que simplemente estaba cansada. Después comprendió que había cruzado un límite del que casi nadie hablaba en ese momento: estaba viviendo un burnout.

Lo más inquietante de su historia es que nada de eso ocurrió por falta de pasión. Todo lo contrario. Mar Cabra amaba profundamente su trabajo. Había dedicado años a construir una carrera excepcional y estaba convencida de que el compromiso absoluto era el precio natural del éxito. Como tantas personas, confundió entrega con desgaste y productividad con bienestar.

Años después, al reconstruir ese proceso para escribir Vivir a jornada completa, comprendió que el problema nunca había sido únicamente suyo. Lo que había fallado era una forma de entender el trabajo. Una cultura que celebra la disponibilidad permanente, que premia la velocidad, que convierte el agotamiento en una medalla silenciosa y que rara vez se pregunta cuánto puede sostener realmente un ser humano antes de romperse.

Su historia llega en un momento particularmente revelador.

Mientras empresas de todo el mundo compiten por incorporar inteligencia artificial a sus procesos, la conversación pública parece concentrarse en la velocidad con la que las máquinas aprenderán a trabajar. Hablamos de automatización, de productividad, de nuevas competencias y de los empleos que desaparecerán. Sin embargo, casi nadie formula una pregunta mucho más incómoda: ¿qué ocurrirá con las personas que deberán adaptarse a ese nuevo ritmo?

La inteligencia artificial puede redactar un informe en segundos, analizar millones de datos o sintetizar semanas de trabajo en cuestión de minutos. Es un avance extraordinario. Pero el cerebro humano continúa necesitando pausas, concentración, descanso y tiempo para procesar información. La tecnología avanza exponencialmente; nuestra biología no.

Ese desfase es, quizás, uno de los mayores riesgos del futuro del trabajo.

Cada revolución tecnológica ha prometido liberar tiempo. Sin embargo, la experiencia demuestra que el tiempo ahorrado rara vez permanece libre. Muy pronto se llena de nuevas reuniones, nuevos indicadores, más entregables y expectativas cada vez más altas. Lo que cambia no es únicamente la herramienta; cambia también el estándar de lo que se espera de las personas.

Mar Cabra suele resumir este desafío en una frase que merece mucho más que un aplauso. Merece convertirse en una pregunta para cualquier organización que hoy diseña su estrategia de inteligencia artificial.

“En la era de la inteligencia artificial, no olvidemos la inteligencia emocional.”

La frase parece sencilla, pero encierra una advertencia profunda. La inteligencia artificial puede organizar información, detectar patrones y producir conocimiento a una velocidad imposible para cualquier ser humano. Lo que todavía no puede hacer es reconocer cuándo un colaborador lleva meses trabajando bajo estrés crónico, cuándo un líder está agotando silenciosamente a su equipo o cuándo una organización ha comenzado a consumir más energía humana de la que es capaz de devolver.

Por eso el burnout no debería entenderse únicamente como un problema de salud mental. Es también una señal de diseño organizacional. Durante demasiado tiempo atribuimos el agotamiento a la falta de resiliencia individual, cuando muchas veces el origen está en estructuras que convierten la urgencia en rutina, la hiperconexión en compromiso y la disponibilidad permanente en sinónimo de excelencia.

Quizá por eso la conversación ya no debería centrarse únicamente en cómo integrar inteligencia artificial en las organizaciones. Debería preguntarse qué tipo de organizaciones queremos construir alrededor de esa tecnología. Porque una empresa puede automatizar procesos y seguir agotando personas. Puede implementar los algoritmos más sofisticados del mercado y, al mismo tiempo, destruir la capacidad de pensar con profundidad. Puede reducir costos mientras aumenta el desgaste humano. Y ninguna de esas decisiones representa progreso.

Quizás, el desafío de esta década no sea desarrollar inteligencias artificiales cada vez más poderosas. Tal vez consista en construir organizaciones capaces de regenerar la energía, la creatividad y la confianza de quienes las hacen posibles.

Porque la inteligencia artificial seguirá evolucionando.

La pregunta es si nosotros también aprenderemos a hacerlo.

Y quizá la innovación más importante no sea crear máquinas que trabajen como personas, sino construir organizaciones donde las personas ya no tengan que vivir como máquinas.

Fuente:
Entrevista de YOUTUBE – Fundación Telefónica  - ver el video acá https://www.youtube.com/watch?v=nWJb37hPst4&t=2112s


La opinión expresada en esta entrada de blog es de exclusiva responsabilidad de su autor y no necesariamente reflejan el punto de vista de Pacto Global Red Colombia.

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