EL CONTAGIO INVISIBLE QUE PONE EN RIESGO A LOS GRANDES FELINOS DE MÉXICO
El contagio invisible que pone en riesgo a los grandes felinos de México
Durante décadas, los riesgos para la subsistencia de los felinos silvestres de México se midieron en hectáreas taladas, kilómetros de asfalto o casquillos de escopeta. Se pensaba que trazar líneas en un mapa, decretar reservas biológicas y vigilar que nadie entrara con un arma era suficiente para mantener a salvo a ocelotes, jaguares y pumas.
Sin embargo, la fauna silvestre ya no muere únicamente por la pérdida de su hábitat; también enferma por la creciente cercanía con las poblaciones humanas y sus actividades.
A medida que pueblos, carreteras y animales domésticos avanzan sobre los márgenes de las áreas protegidas y los bosques mejor conservados, parásitos y virus han comenzado a propagarse hasta convertirse en una grave amenaza sanitaria para las poblaciones silvestres.
Al frente del monitoreo de esta amenaza están científicos y especialistas como el biólogo Rodrigo Núñez Pérez, integrante de la asociación Alianza Jaguar, quien lleva tres décadas estudiando a los felinos del occidente de México. Gracias a ese trabajo ha documentado cómo enfermedades comunes propagadas por mascotas y ganado, como la sarna, debilitan a jaguares y ocelotes salvajes de la región hasta provocarles la muerte.
Mientras tanto, en el sureste del país, el biólogo Heliot Zarza Villanueva, vicepresidente de la Alianza Nacional para la Conservación del Jaguar, y la veterinaria Susana Illescas estudian la forma en que los ectoparásitos asociados a la actividad humana vuelven a estos felinos silvestres presa fácil cuando envejecen o padecen desnutrición.
Alianza Jaguar, tres décadas estudiando a los felinos del occidente de México. Foto: Rodrigo Núñez
Entre el lujo turístico y las comunidades rurales, la sarna gana terreno
Ubicada en la costa del Pacífico mexicano, en el estado de Jalisco —a poco más de dos horas y media al sur del paradisíaco Puerto Vallarta—, la Reserva de la Biosfera Chamela-Cuixmala resguarda uno de los ecosistemas más frágiles del país: el bosque seco tropical. A diferencia de las selvas siempre verdes del sur, este es un territorio de contrastes extremos, donde la vegetación cambia por completo según la temporada para resistir la falta de agua.
Caminar por la reserva durante la temporada de sequía es avanzar por un paisaje casi fantasmagórico. No hay sombras; el sol cae a plomo sobre un laberinto de ramas grises, desnudas y retorcidas que han soltado hasta la última hoja. El termómetro roza los 40 grados centígrados, pero lo que agobia no es la humedad del mar cercano, sino un calor seco y polvoriento que hace crujir la hojarasca bajo los pies. Es aquí, en medio de estas condiciones extremas, donde la fauna silvestre se ve obligada a recorrer kilómetros para encontrar agua, exponiéndose en el trayecto a atropellamientos o al contagio de patógenos procedentes de animales domésticos.
Las raíces del problema son profundas. En la década de los sesenta, cuando las carreteras abrieron paso en la costa del Pacífico para conectar Puerto Vallarta con Manzanillo, el asfalto trajo consigo algo más que turistas y desarrollo. Los felinos que lograban sobrevivir a la cacería furtiva y esquivar los atropellamientos comenzaron a enfrentarse a una amenaza de la que era imposible escapar por instinto: el contagio de la sarna y del moquillo (distemper canino).
Esta problemática ha sido documentada por el biólogo Rodrigo Núñez Pérez, quien desde hace tres décadas se dedica a la investigación y conservación de felinos silvestres en Chamela-Cuixmala. Su fascinación por estos depredadores nació durante la universidad, cuando conoció los relatos de antiguos pobladores de la región. Los vecinos le hablaban con respeto de los "tecuanes", el vocablo náhuatl con el que tradicionalmente se conoce al jaguar y que significa "el que come hombres" o "fiera". Le describían una imagen casi mítica del mayor felino de América: una imponente mole de músculos cubierta por una piel dorada salpicada de manchas oscuras que descendía sigilosa hasta la playa para alimentarse de tortugas.
Inspirado por esa conexión ancestral entre la selva y el mar, Núñez se integró a la asociación civil Alianza Jaguar, desde donde, a lo largo de su trayectoria, no solo ha sido un pilar en los censos nacionales de la especie en el occidente del país, sino también uno de los principales mediadores en los conflictos entre estos depredadores y los ganaderos de la región. Su trabajo ha consistido en promover el uso de los seguros ganaderos que compensan las pérdidas por ataques de jaguar, con el fin de evitar que los productores maten a los felinos en represalia.
Desde 2011 se han registrado más casos de ocelotes y pumas "muy afectados" por sarna. Foto: Rodrigo Núñez
Pionero en el monitoreo científico de felinos en Jalisco, Núñez introdujo en la reserva el uso de tecnología para estudiar la cacería furtiva, principal causa de mortalidad de estas especies. Fue precisamente mediante su red de cámaras trampa y el seguimiento con collares GPS como su equipo registró en 2011 el caso de un ocelote contagiado de sarna.
El monitoreo de ese ejemplar —perteneciente a una especie en peligro de extinción en México— permitió documentar cómo el ácaro deterioró sus capacidades de caza y su estado de salud hasta provocarle la muerte.
"A los felinos silvestres les pega la sarna muy fuerte"
Es mediodía en Chamela-Cuixmala y Rodrigo Núñez guía el recorrido por una de las rutas de monitoreo de la reserva. Mientras sortea las ramas bajas del bosque seco y se detiene a revisar una de las cámaras trampa fijadas al tronco de un árbol, el biólogo dimensiona el verdadero reto de proteger este espacio.
"Desgraciadamente es una reserva pequeña, de 13 mil hectáreas, que, aunque está bien conservada, está rodeada de varias comunidades. Del lado de la costa hay zonas de vocación turística, pero hacia el interior y en los alrededores existen muchos pueblos con actividad ganadera donde hay poca cultura de vacunar a perros y gatos o de mantenerlos en buen estado de salud. Muchas veces esos animales entran a la reserva y, de manera directa o indirecta, terminan contagiando a la fauna silvestre", explica Núñez.
Desde 2011, en esta reserva se han registrado más casos de ocelotes y pumas "muy afectados" por sarna, aunque "no ha pasado a mayores, al menos hasta donde pudimos ver".
El bosque seco tropical, uno de los ecosistemas más frágiles del país. Foto: César Correa
Sin embargo, recuerda que hubo una temporada en la que, sobre todo en la zona cercana a los hoteles, aparecían numerosos tejones o coatíes enfermos que acudían a alimentarse de los desperdicios dejados por los visitantes y que después regresaban a la reserva, donde transmitían la enfermedad a otras especies, incluidos los felinos silvestres.
El investigador señala que "por lo regular vemos la sarna como una enfermedad que quizá no sea muy peligrosa, porque los perros y gatos pueden sobrevivir sin problema: eventualmente les damos de comer o encuentran alimento en un basurero. Pero la fauna silvestre la pasa muy mal. Esta enfermedad es muy molesta, los debilita y los deja literalmente pelones. No sólo pierden el pelo: los ácaros permanecen adheridos a la piel y, en ocasiones, incluso pueden verse las llagas que se provocan de tanto rascarse".
En el caso de los ocelotes y los pumas, añade, "necesitan permanecer completamente quietos para acechar a sus presas. Si se están moviendo por la comezón, les cuesta muchísimo trabajo cazar".
Para estas especies, el deterioro del pelaje tiene además otra consecuencia: pierden su principal mecanismo de camuflaje. El ocelote deja de ocultar sus manchas entre la vegetación y el puma pierde el color uniforme que le permite confundirse con el entorno. Sin esa protección natural, ambos quedan mucho más expuestos.
"A los felinos silvestres les pega la sarna muy fuerte; muchas veces pueden terminar muertos. Hasta ahora hemos documentado pocos casos. Sin embargo, creo que en muchas zonas, sobre todo en la periferia de la reserva, debe haber más, pero no hemos podido registrarlos porque, si colocamos cámaras trampa en esos sitios, nos las roban", cuenta Núñez. Aun así, agrega que habitantes de las comunidades cercanas les han reportado el hallazgo de ocelotes muertos completamente invadidos por la sarna.
Tejones y coatíes, enfermos por alimentarse de los desperdicios de los centros urbanos. Foto: Rodrigo Núñez
"Si muere uno, se va el 20% de la población"
La posibilidad de sobrevivencia a la sarna es mayor en temporada de lluvias, cuando el clima es menos hostil. El calor, en cambio, lo complica todo. En ese sentido, los efectos del cambio climático se vislumbran también como factores que pueden incrementar las afectaciones. "En esta temporada muy caliente en la que no hay agua, a un felino enfermo le cuesta mucho más trabajo salir adelante".
A mitad de la caminata, Núñez se detiene frente a un cuerpo de agua completamente seco e invita a observar el suelo agrietado.
"El arroyo en el que nos encontramos ahorita —describe Núñez— a veces tiene todavía un hilito de agua para los meses de abril y mayo, pero ya tiene un par de años que eso no pasa. Si no hay agua disponible se acercan a donde la haya, y eso los expone a las enfermedades y otros peligros, como que les disparen o los atropellen, pues algunos cuerpos de agua están del otro lado de la carretera".
En el caso de otros padecimientos, como el moquillo (o distemper canino), Rodrigo Núñez advierte que el riesgo es mayor y es difícil de detectar a simple vista con las cámaras trampa.
"Con que un individuo enfermo tome agua y deje ahí parte de la infección, otro que beba ahí se puede contagiar, o si un perro deja algún hueso y otro carnívoro lo lame, es muy probable que se contagie", explica.
"Con una vacuna a los perros es más que suficiente, pero a veces en esta región la gente no los cuida, entonces se van al cerro a buscar qué comer y llevan arrastrando todas sus enfermedades. No tenemos un dato sobre los animales silvestres que mueren por esta enfermedad, pero seguramente son muchos y no nos damos cuenta", lamenta.
Actualmente, en la Reserva Chamela-Cuixmala viven entre cinco y seis ejemplares de jaguar y de puma, así como algunos ocelotes, por lo que "si muere uno, se va el 20% de la población", indica el científico.
Los arroyos de la zona, dos años sin agua. Foto: César Correa
Aunque los ocelotes son una especie considerada en peligro de extinción en el país, no existe un censo oficial que determine su población exacta. A nivel mundial, se estima que existe una población superior a los 40 mil adultos, pero su número general es decreciente debido a la pérdida de su hábitat y la cacería furtiva.
En el caso del jaguar, el último censo coordinado por la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), la Alianza Nacional para la Conservación del Jaguar (ANCJ) y la Comisión Nacional de Áreas Naturales Protegidas (CONANP), mostró un crecimiento de la población en un 10% en un periodo de seis años pasando de 4,800 ejemplares en 2018 a 5,326 ejemplares en 2024.
Sin embargo, los investigadores advierten que este incremento —atribuido a la expansión de áreas protegidas— no significa que la especie esté a salvo, pues el hacinamiento en reservas cercadas por la civilización expone a las poblaciones a catástrofes sanitarias.
Hasta ahora, los felinos silvestres han sobrevivido, en parte por su naturaleza solitaria, pero científicos conservacionistas como Rodrigo Núñez y el biólogo Heliot Zarza Villanueva temen que a futuro las enfermedades puedan ser tan nocivas como para afectar a todo un grupo, como ocurrió en Tanzania a principios de los años noventa, cuando murió un tercio de los leones del Parque Nacional Serengueti a causa del distemper canino, contagiado por los perros domésticos de las comunidades de pastores Masái.
El riesgo no es menor si se mira el mapa completo. Chamela-Cuixmala no es una isla; es una pieza clave del Corredor Biológico del Jaguar en el occidente de México, una ruta natural que permite a los grandes felinos moverse entre los estados de Sinaloa, Nayarit, Jalisco y Michoacán, por lo que el virus del distemper o el ácaro de la sarna no sólo amenazan a los residentes locales de la reserva.
Hasta ahora, lo que los biólogos creen que ha evitado una tragedia en los felinos es su naturaleza solitaria.
Fuente: YAHOO! NOTICIAS